“No entiendo por qué mi hijo se pone como se pone cuando voy a salir de casa, parece como si pensase que no voy a volver”, “no sé si me está manipulando o es que realmente lo pasa mal”.
Esto es lo que piensan los padres cuando van a salir y el niño se agarra desesperadamente a sus piernas, llora e incluso se enrabieta, no se duerme hasta que no vuelven, pregunta insistentemente a dónde van a ir y a qué hora estarán de vuelta, no quiere quedarse en los cumpleaños si los padres se van, ni a dormir en casa de los amigos o los abuelos.
A estos comportamientos subyace la creencia de que les puede pasar algo malo a sus padres, de que puede quedarse solo si ellos mueren. Ante esos pensamientos su cuerpo se activa como si se enfrentara a un peligro real. El corazón se acelera, la respiración se agita y entrecorta, nota opresión en el pecho, un “nudo” en la garganta…En definitiva, un conjunto de sensaciones desagradables que le generan mucho malestar, pero que no sabe definir y expresar.
Para aliviar ese malestar intenta evitar que los padres salgan. Si ellos renuncian a salir las sensaciones desagradables desaparecen y padres e hijo se tranquilizan. Pero el miedo sigue enquistado, condicionando la vida de los padres y del niño. Éste aprende que para estar a gusto y tranquilo sus padres tienen que estar cerca. No se da la oportunidad de comprobar que cuando sus padres salen no pasa nada, que puede llegar a estar bien aunque esté en casa con otro cuidador.
La terapia psicológica orientará a los padres sobre cómo actuar en estos casos y enseñará al niño manejar sus emociones negativas y a enfrentarse progresivamente a sus miedos. Las competencias adquiridas le permitirán sentirse más autónomo, seguro y capaz.
José Rivero de Aguilar Iglesia-Caruncho